Tres textos tipo PAES con preguntas de selección múltiple (Localizar, Interpretar y Evaluar). Ingresa con tu RUT para resolverla y responderla en línea.
La PAES de Competencia Lectora mide tres habilidades. Antes de ejercitar, conoce qué pide cada una y cómo se resuelve. Regla de oro: la respuesta correcta siempre se apoya en evidencia del texto, no en tu opinión.
Hallar información que aparece de forma explícita en el texto (igual o parafraseada).
Procedimiento: (1) lee el texto completo; (2) subraya en la pregunta el referente (sobre qué se pregunta); (3) busca ese dato en el texto; (4) contrástalo con cada alternativa.
Relacionar partes del texto para inferir significados, funciones o la idea principal.
Procedimiento: para la idea principal usa las macrorreglas — selecciona lo que se reitera, suprime ejemplos y detalles, generaliza en un solo concepto. Para la función de un elemento, pregunta «¿para qué está aquí?».
Valorar la intención del emisor, la consistencia, la forma o su postura/tono.
Procedimiento: identifica qué se juzga (propósito, tono, calidad) y respáldalo con marcas del texto. Distingue el lenguaje prudente («sugiere», «probablemente») del categórico («demuestra»).
Cada pregunta indica su habilidad, su tarea DEMRE y su nivel de dificultad (Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3). Antes de cada grupo de preguntas verás una caja «ATENCIÓN» que modela el razonamiento.
1Durante siglos se creyó que las plantas eran seres pasivos, gobernados únicamente por la luz del sol que recibían en cada momento. La imagen resultaba intuitiva: si el sol salía, la planta despertaba; si se ocultaba, se apagaba. Sin embargo, un experimento sencillo realizado en el siglo XVIII puso en duda esa certeza. El astrónomo francés Jean-Jacques d'Ortous de Mairan observó que las hojas de una mimosa se abrían de día y se plegaban de noche, tal como era esperable. Lo sorprendente ocurrió cuando guardó la planta en un armario completamente oscuro: las hojas siguieron abriéndose y cerrándose con el mismo ritmo, aunque ya no recibían ninguna señal de luz.
2Aquel hallazgo, casi olvidado durante décadas, contenía una idea revolucionaria: las plantas poseen un reloj interno. Hoy la ciencia llama a este mecanismo «ritmo circadiano», del latín circa diem, que significa «alrededor de un día». No se trata de una respuesta inmediata al ambiente, sino de un ciclo propio, de aproximadamente veinticuatro horas, que el organismo mantiene incluso en ausencia de estímulos externos. La luz no crea el ritmo; solo lo ajusta, como quien pone en hora un reloj que ya funciona por sí mismo.
3¿Para qué le sirve a una planta anticipar el día en lugar de simplemente reaccionar a él? La ventaja es considerable. Al prever la salida del sol, la planta activa de antemano la maquinaria de la fotosíntesis y aprovecha la luz desde el primer minuto. Del mismo modo, muchas flores sincronizan su apertura con las horas en que sus insectos polinizadores están activos, y algunas especies liberan su aroma justo antes de que estos aparezcan. En la naturaleza, anticipar suele ser más eficiente que reaccionar.
4El reloj circadiano no es exclusivo de las plantas. Los animales, los hongos e incluso bacterias diminutas lo poseen. En los seres humanos regula el sueño, la temperatura corporal y la liberación de ciertas hormonas. Esta universalidad sugiere que la capacidad de medir el tiempo interno apareció muy temprano en la historia de la vida y que la evolución la ha conservado precisamente por su utilidad. Un organismo que sabe qué hora es, aunque sea de manera aproximada, toma mejores decisiones que uno que solo responde a lo que ocurre frente a él.
5Las investigaciones recientes han identificado los «genes reloj» responsables de este mecanismo, un descubrimiento reconocido en 2017 con el Premio Nobel de Medicina. Comprender cómo funciona el reloj interno no es un asunto meramente teórico: podría ayudar a diseñar cultivos más resistentes a climas cambiantes e incluso a entender mejor los trastornos del sueño humano. Aquella mimosa encerrada en un armario oscuro, hace casi trescientos años, seguía marcando un tiempo que nadie le dictaba. Tardamos siglos en advertir que ese gesto silencioso escondía una de las reglas más profundas de lo vivo.
1Don Elías llevaba cuarenta años encendiendo el faro de Punta Brava. Cada atardecer subía los ciento veinte escalones, limpiaba el cristal con un paño que su mujer había cosido antes de morir y prendía la lámpara con la misma calma de siempre. Abajo, el pueblo se había ido vaciando; arriba, el haz de luz seguía girando sobre un mar que cada vez traía menos barcos.
2Una tarde llegó un funcionario joven, con una carpeta bajo el brazo y zapatos demasiado limpios para aquel camino de piedras. Venía a comunicarle que el faro sería automatizado. «Una máquina hará su trabajo, don Elías —dijo, casi con ternura—. Usted por fin podrá descansar.» El viejo asintió sin decir nada, como quien recibe una noticia del clima.
3Esa noche, sin embargo, no bajó a dormir. Se quedó junto a la lámpara, mirando el mar oscuro. Recordó la tormenta del 71, cuando un pesquero perdido había seguido su luz hasta la rada; recordó las cartas que algunos marineros le dejaban a veces, agradeciéndole una señal que ellos no sabían que era suya. La máquina encendería la misma luz, pensó, con la misma potencia y en el mismo horario. Y, sin embargo, algo no sería igual, aunque no lograba nombrarlo.
4Al día siguiente, en lugar de protestar, hizo algo extraño: le enseñó a la máquina. Durante una semana acompañó a los técnicos. Les mostró cuándo la niebla engañaba al sensor, en qué noches el viento ensuciaba el cristal más rápido, qué tornillo cedía con la humedad. Los jóvenes anotaban, sorprendidos de que un hombre quisiera entregar con tanto cuidado aquello mismo que lo dejaría sin oficio.
5El último día, antes de marcharse, subió una vez más. No encendió la lámpara —ya lo haría el reloj automático a la hora exacta—, pero limpió el cristal con el paño cosido. Lo hizo despacio, no porque hiciera falta, sino porque ese gesto era lo único que la máquina nunca repetiría igual. Bajó los ciento veinte escalones sin volver la vista. Detrás de él, puntual e impecable, el faro se encendió solo por primera vez. Brillaba exactamente como siempre. Nadie en el mar habría notado la diferencia. Él sí.
1Vivimos huyendo del aburrimiento. En la fila del supermercado, en la sala de espera, en los pocos minutos muertos entre una tarea y otra, la mano busca casi sola el teléfono. Hemos llegado a considerar cada segundo vacío como un error que conviene corregir de inmediato. Sin embargo, vale la pena preguntarse si esa huida permanente no nos está quitando algo más valioso de lo que creemos.
2El aburrimiento es incómodo, sin duda, pero esa incomodidad cumple una función. Cuando la mente no recibe estímulos externos, no se apaga: empieza a producirlos por su cuenta. Diversos estudios sobre creatividad sugieren que es precisamente en esos momentos de aparente vacío cuando aparecen las ideas inesperadas, los recuerdos olvidados y las soluciones que no llegan mientras estamos concentrados en una pantalla. La mente desocupada no está perdiendo el tiempo: está trabajando de otra manera.
3El problema se vuelve más claro en la infancia. Un niño que nunca se aburre, porque siempre tiene a mano un dispositivo que lo entretiene, no llega a desarrollar los recursos internos para entretenerse solo. Es el aburrimiento el que lo empuja a inventar un juego, a imaginar una historia, a observar con atención lo que tiene delante. Privarlo por completo de esos vacíos equivale a privarlo de un entrenamiento silencioso pero decisivo para su autonomía.
4No se trata, por supuesto, de renunciar a la tecnología ni de idealizar el tedio. Las pantallas han hecho más fácil y más rica nuestra vida de innumerables maneras, y nadie querría volver atrás. Se trata, más bien, de no llenar absolutamente todos los huecos; de reservar, aquí y allá, unos minutos sin estímulos, del mismo modo en que reservamos tiempo para dormir o para comer.
5Quizá por eso convendría reivindicar el derecho a aburrirse como una forma discreta de libertad. En una época que mide el valor de cada instante por su productividad o su entretención, atreverse a no hacer nada —a mirar por la ventana sin objetivo alguno— se ha vuelto un pequeño acto de independencia. No para huir del mundo, sino para volver a él con una mente que, por un rato, fue dueña de sí misma.