Leo para aprender: tres textos expositivos y de divulgación con foco en la habilidad Localizar. Ingresa con tu RUT para resolverla y responderla en línea.
Antes de practicar · Explica y modela
Localizar con precisión: referentes y paráfrasis
Recuperar información explícita en textos informativos sin alterar referentes, condiciones, negaciones ni cuantificadores.
¿Cómo comprobaré mi avance? Podré explicar el concepto, aplicar los pasos a un texto nuevo y justificar una decisión sin agregar información.
Necesitas esta guía y tu cuaderno. Abre los cuatro bloques en orden. Trabaja el ejemplo con el docente; después intenta la comprobación antes de desplegar su respuesta.
Durante la enseñanza, dedica aproximadamente 10–15 minutos a comprender y observar el modelo y 5–10 a la comprobación. Si necesitas más apoyo, revisa el paso difícil antes de continuar. El docente ajustará la práctica al tiempo disponible.
Estas consignas se responden en tu cuaderno: no tienen puntaje ni se guardan en línea. Las respuestas de las preguntas de la guía mantienen su guardado habitual. Al entregar, espera la confirmación de la plataforma; las claves y resultados evaluados dependen de la publicación del docente.
¿Dos oraciones con palabras diferentes pueden informar exactamente lo mismo? Propón una paráfrasis y explica qué debe conservar.
Es la que el texto presenta directamente, aunque esté distribuida entre dos oraciones. Localizar exige identificar la entidad de la que se habla y el dato solicitado. Una coincidencia de vocabulario no basta si la frase se refiere a otra persona, etapa o situación.
Es una reformulación que mantiene el significado relevante. Puede cambiar el orden o usar vocabulario equivalente, pero no debe ampliar la cantidad, transformar una posibilidad en certeza ni suprimir una condición. La equivalencia se comprueba leyendo la proposición entera.
El referente es aquello a lo que apunta una expresión como “ellos”, “esa medida” o “el primero”. Las restricciones delimitan el dato: “solo”, “algunos”, “excepto” o “cuando”. Perder una de ellas puede convertir una alternativa casi idéntica en una respuesta incorrecta.
Lee el texto completo antes de responder. Reconoce qué informa cada párrafo; así dispones de un mapa para volver al dato, sin reemplazar la comprensión por una búsqueda de palabras sueltas.
Reformula la pregunta indicando sujeto y dato: quién, qué, cuándo, cómo o bajo qué condición. Si hay un pronombre, identifica primero su referente para no buscar información de otra entidad.
Encuentra el pasaje y lee también las oraciones vecinas. Pueden contener una negación, una excepción o una explicación necesaria para comprender el alcance exacto del dato solicitado.
Contrasta texto y alternativa: mismo sujeto, acción, cantidad y condición. Si una opción exige suponer una razón que no aparece, ya no está recuperando únicamente información explícita.
Antes del modelo: explica cuál es el primer paso y por qué no basta con buscar una palabra parecida.
ATENCIÓN · Ejemplo original de enseñanza, no evaluado
Durante abril, los préstamos de cámaras se reservarán por correo. Los trípodes seguirán solicitándose en el mesón. Solo quienes retiren una cámara deberán presentar una credencial vigente.
¿A quiénes se exige credencial vigente?
Localizo “solo quienes retiren una cámara”. El aviso distingue cámaras y trípodes: no transfiero la exigencia a todos los préstamos. “Personas que retiren cámaras” conserva el referente, mientras que “quienes reserven por correo” cambia retirar por reservar.
La credencial se exige a quienes retiren cámaras. No se puede extender la obligación a quienes soliciten únicamente trípodes ni confundir la reserva con el retiro.
Los talleres de cerámica tendrán inscripción presencial; los de fotografía admitirán también inscripción por internet. ¿Qué taller permite ambas modalidades? Formula una paráfrasis sin afirmar que internet sea obligatorio.
Con el docente o un compañero, identifica primero el dato relevante; formula después tu explicación sin copiar el modelo. Si trabajas solo, realiza ambos pasos antes de consultar la respuesta.
Fotografía permite inscripción presencial y por internet. “También” incorpora una opción: no elimina la modalidad presencial ni obliga a usar la vía digital.
¿Tu respuesta conserva el dato y explica la relación? Si falta alguno, vuelve al paso correspondiente y prueba otra vez. Si ya puedes justificar ambos, continúa con la práctica de la guía.
En la siguiente lectura, anota dos pares de dato y paráfrasis. Encierra la palabra que limita cada afirmación y comprueba que sobreviva a la reformulación.
En práctica formativa, revisa a los cinco minutos una decisión y su evidencia. Después trabaja con mayor autonomía. Cuando haya un bloque de evaluación, resuélvelo sin consultar el modelo; analiza los errores cuando el docente libere los resultados.
La PAES de Competencia Lectora mide tres habilidades. Antes de ejercitar, conoce qué pide cada una y cómo se resuelve. Regla de oro: la respuesta correcta siempre se apoya en evidencia del texto, no en tu opinión.
Hallar información que aparece de forma explícita en el texto (igual o parafraseada).
Procedimiento: (1) lee el texto completo; (2) subraya en la pregunta el referente (sobre qué se pregunta); (3) busca ese dato en el texto; (4) contrástalo con cada alternativa.
Relacionar partes del texto para inferir significados, funciones o la idea principal.
Procedimiento: para la idea principal usa las macrorreglas — selecciona lo que se reitera, suprime ejemplos y detalles, generaliza en un solo concepto. Para la función de un elemento, pregunta «¿para qué está aquí?».
Valorar la intención del emisor, la consistencia, la forma o su postura/tono.
Procedimiento: identifica qué se juzga (propósito, tono, calidad) y respáldalo con marcas del texto. Distingue el lenguaje prudente («sugiere», «probablemente») del categórico («demuestra»).
Cada pregunta indica su habilidad, su tarea DEMRE y su nivel de dificultad (Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3). Antes de cada grupo de preguntas verás una caja «ATENCIÓN» que modela el razonamiento.
1Cada otoño, millones de aves abandonan los lugares donde nacieron y emprenden viajes de miles de kilómetros hacia regiones más cálidas. Algunas, como el charrán ártico, recorren de un extremo a otro del planeta y regresan al año siguiente al mismo punto exacto. Durante mucho tiempo, los científicos se preguntaron cómo es posible que un animal tan pequeño, sin mapas ni instrumentos, no se pierda en semejante travesía.
2La primera pista la ofrece el Sol. Muchas aves diurnas usan su posición en el cielo como una brújula. Sin embargo, el Sol se desplaza a lo largo del día, de modo que una brújula solar solo sirve si el animal sabe qué hora es. Y, en efecto, las aves cuentan con un reloj interno que les permite corregir la posición del Sol según el momento de la jornada. De noche, otras especies se guían por las estrellas, en particular por el punto del cielo en torno al cual parecen girar todas las demás.
3Pero ni el Sol ni las estrellas resuelven el problema en días nublados. Aquí entra en juego el hallazgo más sorprendente: muchas aves son capaces de percibir el campo magnético de la Tierra. Es decir, llevan consigo una especie de brújula interna que les señala el norte incluso cuando el cielo está completamente cubierto. Diversos experimentos han mostrado que, si se altera artificialmente el campo magnético alrededor de un ave, esta cambia la dirección de su vuelo, como si la engañaran.
4¿Cómo «perciben» las aves el magnetismo? Todavía no hay una respuesta definitiva, pero la hipótesis más aceptada apunta a unas proteínas presentes en sus ojos que reaccionarían ante el campo magnético. De ser así, las aves no solo sentirían el norte: en cierto modo, lo verían. A esto se suma la memoria del paisaje: los ríos, las costas y las montañas funcionan como señales que confirman la ruta aprendida.
5Lo notable es que ninguno de estos sistemas actúa por separado. El Sol, las estrellas, el campo magnético y la memoria del territorio se combinan y se corrigen entre sí, como varios instrumentos que apuntan en la misma dirección. Si uno falla, los otros compensan. Esa redundancia explica por qué un viaje tan largo termina, año tras año, en el mismo árbol. Lejos de ser un milagro, la orientación de las aves es el resultado de millones de años de evolución afinando, en un cuerpo diminuto, una de las brújulas más sofisticadas de la naturaleza.
1Imagina que un paciente con dolor recibe una pastilla y, al poco rato, se siente mejor. Lo esperable es atribuir la mejoría al medicamento. Pero ¿qué pasaría si esa pastilla no contuviera ningún fármaco, sino solo azúcar? Sorprendentemente, en muchos casos el paciente mejora igual. A ese fenómeno se le llama efecto placebo: una mejoría real provocada no por una sustancia activa, sino por la creencia de estar recibiendo un tratamiento.
2El efecto placebo se conoce desde hace siglos, pero solo en las últimas décadas se ha estudiado con rigor. Hoy se sabe que no se trata de pura imaginación. Cuando una persona confía en que va a mejorar, su cerebro puede liberar sustancias propias —como las endorfinas— que efectivamente reducen el dolor. Es decir, la expectativa pone en marcha mecanismos biológicos concretos. El alivio es real, aunque la pastilla no contenga nada.
3Por eso, cuando se prueba un nuevo medicamento, no basta con comprobar que los pacientes mejoran. Hay que demostrar que mejoran más que quienes recibieron un placebo. Para ello se usan los llamados ensayos «a doble ciego»: ni el paciente ni el médico saben quién recibe el fármaco verdadero y quién la pastilla inactiva. Solo así es posible separar el efecto real del medicamento del efecto de la simple expectativa.
4El placebo también tiene un reverso menos conocido: el efecto nocebo. Si una persona espera que algo le haga daño, puede experimentar síntomas negativos aunque la sustancia sea inofensiva. Quien lee que un remedio «puede causar dolor de cabeza» tiene más probabilidades de sentirlo. La mente, otra vez, traduce la expectativa en sensaciones físicas.
5Nada de esto significa que baste con «pensar positivo» para curarse: un placebo no reduce un tumor ni repara un hueso roto. Su alcance se limita sobre todo a síntomas como el dolor, la fatiga o la ansiedad, donde la percepción juega un papel importante. Aun así, el efecto placebo nos recuerda algo profundo: en la salud humana, el cuerpo y la mente no son dos territorios separados, sino partes de un mismo sistema que se influyen sin cesar.
1Hoy nos parece evidente que exista un número para contar la nada. Sin embargo, durante miles de años las grandes civilizaciones contaron, comerciaron y construyeron sin disponer de un símbolo para el cero. Los romanos, por ejemplo, escribían sus números con letras (I, V, X, L, C) y nunca necesitaron representar la ausencia de cantidad. Su sistema funcionaba, pero volvía endiabladamente difícil cualquier cálculo complejo.
2El cero nació, en realidad, de un problema práctico: cómo escribir los números grandes sin confundirlos. En un sistema posicional, donde el valor de una cifra depende de su lugar, hace falta una marca que indique «aquí no hay nada». Sin ella, no habría forma de distinguir el 25 del 205. Los babilonios, hace más de dos mil años, usaron un espacio o un signo para señalar ese hueco, aunque todavía no lo consideraban un número en sí mismo.
3Fue en la India, alrededor del siglo V, donde el cero dio su gran salto. Allí dejó de ser un simple separador y pasó a entenderse como una cantidad: el resultado de restar algo a sí mismo. Los matemáticos indios le dieron un nombre, shunya, que significaba «vacío», y empezaron a operar con él. Por primera vez, la nada tenía su propio número y podía sumarse, restarse y multiplicarse como cualquier otro.
4Desde la India, el cero viajó hacia el mundo árabe, donde los matemáticos lo adoptaron y perfeccionaron. Siglos después llegó a Europa, no sin resistencia: algunos lo miraron con desconfianza, como si hubiera algo sospechoso en darle entidad a la nada. Hubo incluso ciudades que prohibieron su uso por temor a fraudes en las cuentas. Pero su utilidad era demasiado grande para frenarlo.
5La adopción del cero cambió la historia del conocimiento. Sin él no existirían los sistemas decimales modernos, ni el álgebra, ni la informática, que se escribe entera con ceros y unos. Aquel símbolo que tardó siglos en ser aceptado se volvió, con el tiempo, uno de los cimientos invisibles del mundo en que vivimos. La nada, finalmente, resultó ser una de las invenciones más poderosas de la humanidad.