Leo para aprender: tres textos expositivos y de divulgación con foco en la habilidad Localizar. Ingresa con tu RUT para resolverla y responderla en línea.
La PAES de Competencia Lectora mide tres habilidades. Antes de ejercitar, conoce qué pide cada una y cómo se resuelve. Regla de oro: la respuesta correcta siempre se apoya en evidencia del texto, no en tu opinión.
Hallar información que aparece de forma explícita en el texto (igual o parafraseada).
Procedimiento: (1) lee el texto completo; (2) subraya en la pregunta el referente (sobre qué se pregunta); (3) busca ese dato en el texto; (4) contrástalo con cada alternativa.
Relacionar partes del texto para inferir significados, funciones o la idea principal.
Procedimiento: para la idea principal usa las macrorreglas — selecciona lo que se reitera, suprime ejemplos y detalles, generaliza en un solo concepto. Para la función de un elemento, pregunta «¿para qué está aquí?».
Valorar la intención del emisor, la consistencia, la forma o su postura/tono.
Procedimiento: identifica qué se juzga (propósito, tono, calidad) y respáldalo con marcas del texto. Distingue el lenguaje prudente («sugiere», «probablemente») del categórico («demuestra»).
Cada pregunta indica su habilidad, su tarea DEMRE y su nivel de dificultad (Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3). Antes de cada grupo de preguntas verás una caja «ATENCIÓN» que modela el razonamiento.
1Cada otoño, millones de aves abandonan los lugares donde nacieron y emprenden viajes de miles de kilómetros hacia regiones más cálidas. Algunas, como el charrán ártico, recorren de un extremo a otro del planeta y regresan al año siguiente al mismo punto exacto. Durante mucho tiempo, los científicos se preguntaron cómo es posible que un animal tan pequeño, sin mapas ni instrumentos, no se pierda en semejante travesía.
2La primera pista la ofrece el Sol. Muchas aves diurnas usan su posición en el cielo como una brújula. Sin embargo, el Sol se desplaza a lo largo del día, de modo que una brújula solar solo sirve si el animal sabe qué hora es. Y, en efecto, las aves cuentan con un reloj interno que les permite corregir la posición del Sol según el momento de la jornada. De noche, otras especies se guían por las estrellas, en particular por el punto del cielo en torno al cual parecen girar todas las demás.
3Pero ni el Sol ni las estrellas resuelven el problema en días nublados. Aquí entra en juego el hallazgo más sorprendente: muchas aves son capaces de percibir el campo magnético de la Tierra. Es decir, llevan consigo una especie de brújula interna que les señala el norte incluso cuando el cielo está completamente cubierto. Diversos experimentos han mostrado que, si se altera artificialmente el campo magnético alrededor de un ave, esta cambia la dirección de su vuelo, como si la engañaran.
4¿Cómo «perciben» las aves el magnetismo? Todavía no hay una respuesta definitiva, pero la hipótesis más aceptada apunta a unas proteínas presentes en sus ojos que reaccionarían ante el campo magnético. De ser así, las aves no solo sentirían el norte: en cierto modo, lo verían. A esto se suma la memoria del paisaje: los ríos, las costas y las montañas funcionan como señales que confirman la ruta aprendida.
5Lo notable es que ninguno de estos sistemas actúa por separado. El Sol, las estrellas, el campo magnético y la memoria del territorio se combinan y se corrigen entre sí, como varios instrumentos que apuntan en la misma dirección. Si uno falla, los otros compensan. Esa redundancia explica por qué un viaje tan largo termina, año tras año, en el mismo árbol. Lejos de ser un milagro, la orientación de las aves es el resultado de millones de años de evolución afinando, en un cuerpo diminuto, una de las brújulas más sofisticadas de la naturaleza.
1Imagina que un paciente con dolor recibe una pastilla y, al poco rato, se siente mejor. Lo esperable es atribuir la mejoría al medicamento. Pero ¿qué pasaría si esa pastilla no contuviera ningún fármaco, sino solo azúcar? Sorprendentemente, en muchos casos el paciente mejora igual. A ese fenómeno se le llama efecto placebo: una mejoría real provocada no por una sustancia activa, sino por la creencia de estar recibiendo un tratamiento.
2El efecto placebo se conoce desde hace siglos, pero solo en las últimas décadas se ha estudiado con rigor. Hoy se sabe que no se trata de pura imaginación. Cuando una persona confía en que va a mejorar, su cerebro puede liberar sustancias propias —como las endorfinas— que efectivamente reducen el dolor. Es decir, la expectativa pone en marcha mecanismos biológicos concretos. El alivio es real, aunque la pastilla no contenga nada.
3Por eso, cuando se prueba un nuevo medicamento, no basta con comprobar que los pacientes mejoran. Hay que demostrar que mejoran más que quienes recibieron un placebo. Para ello se usan los llamados ensayos «a doble ciego»: ni el paciente ni el médico saben quién recibe el fármaco verdadero y quién la pastilla inactiva. Solo así es posible separar el efecto real del medicamento del efecto de la simple expectativa.
4El placebo también tiene un reverso menos conocido: el efecto nocebo. Si una persona espera que algo le haga daño, puede experimentar síntomas negativos aunque la sustancia sea inofensiva. Quien lee que un remedio «puede causar dolor de cabeza» tiene más probabilidades de sentirlo. La mente, otra vez, traduce la expectativa en sensaciones físicas.
5Nada de esto significa que baste con «pensar positivo» para curarse: un placebo no reduce un tumor ni repara un hueso roto. Su alcance se limita sobre todo a síntomas como el dolor, la fatiga o la ansiedad, donde la percepción juega un papel importante. Aun así, el efecto placebo nos recuerda algo profundo: en la salud humana, el cuerpo y la mente no son dos territorios separados, sino partes de un mismo sistema que se influyen sin cesar.
1Hoy nos parece evidente que exista un número para contar la nada. Sin embargo, durante miles de años las grandes civilizaciones contaron, comerciaron y construyeron sin disponer de un símbolo para el cero. Los romanos, por ejemplo, escribían sus números con letras (I, V, X, L, C) y nunca necesitaron representar la ausencia de cantidad. Su sistema funcionaba, pero volvía endiabladamente difícil cualquier cálculo complejo.
2El cero nació, en realidad, de un problema práctico: cómo escribir los números grandes sin confundirlos. En un sistema posicional, donde el valor de una cifra depende de su lugar, hace falta una marca que indique «aquí no hay nada». Sin ella, no habría forma de distinguir el 25 del 205. Los babilonios, hace más de dos mil años, usaron un espacio o un signo para señalar ese hueco, aunque todavía no lo consideraban un número en sí mismo.
3Fue en la India, alrededor del siglo V, donde el cero dio su gran salto. Allí dejó de ser un simple separador y pasó a entenderse como una cantidad: el resultado de restar algo a sí mismo. Los matemáticos indios le dieron un nombre, shunya, que significaba «vacío», y empezaron a operar con él. Por primera vez, la nada tenía su propio número y podía sumarse, restarse y multiplicarse como cualquier otro.
4Desde la India, el cero viajó hacia el mundo árabe, donde los matemáticos lo adoptaron y perfeccionaron. Siglos después llegó a Europa, no sin resistencia: algunos lo miraron con desconfianza, como si hubiera algo sospechoso en darle entidad a la nada. Hubo incluso ciudades que prohibieron su uso por temor a fraudes en las cuentas. Pero su utilidad era demasiado grande para frenarlo.
5La adopción del cero cambió la historia del conocimiento. Sin él no existirían los sistemas decimales modernos, ni el álgebra, ni la informática, que se escribe entera con ceros y unos. Aquel símbolo que tardó siglos en ser aceptado se volvió, con el tiempo, uno de los cimientos invisibles del mundo en que vivimos. La nada, finalmente, resultó ser una de las invenciones más poderosas de la humanidad.