Leo para mí: un cuento, una columna y una fábula con foco en la habilidad Interpretar. Ingresa con tu RUT para resolverla y responderla en línea.
La PAES de Competencia Lectora mide tres habilidades. Antes de ejercitar, conoce qué pide cada una y cómo se resuelve. Regla de oro: la respuesta correcta siempre se apoya en evidencia del texto, no en tu opinión.
Hallar información que aparece de forma explícita en el texto (igual o parafraseada).
Procedimiento: (1) lee el texto completo; (2) subraya en la pregunta el referente (sobre qué se pregunta); (3) busca ese dato en el texto; (4) contrástalo con cada alternativa.
Relacionar partes del texto para inferir significados, funciones o la idea principal.
Procedimiento: para la idea principal usa las macrorreglas — selecciona lo que se reitera, suprime ejemplos y detalles, generaliza en un solo concepto. Para la función de un elemento, pregunta «¿para qué está aquí?».
Valorar la intención del emisor, la consistencia, la forma o su postura/tono.
Procedimiento: identifica qué se juzga (propósito, tono, calidad) y respáldalo con marcas del texto. Distingue el lenguaje prudente («sugiere», «probablemente») del categórico («demuestra»).
Cada pregunta indica su habilidad, su tarea DEMRE y su nivel de dificultad (Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3). Antes de cada grupo de preguntas verás una caja «ATENCIÓN» que modela el razonamiento.
1Augusto coleccionaba relojes que no funcionaban. Los compraba rotos en mercados de pulgas, los limpiaba con un pincel diminuto y los alineaba en la pared de su taller, todos detenidos a horas distintas. Su hija Clara, de ocho años, le preguntó una vez por qué no los arreglaba. «Porque un reloj detenido —respondió él— acierta dos veces al día. Uno que anda mal, jamás.»
2Augusto había sido relojero durante cuarenta años, hasta que la fábrica del pueblo cerró y los relojes de pulsera se volvieron desechables. Entonces dejó de reparar el tiempo de los demás y empezó a guardar el suyo. Cada reloj de la pared marcaba, según decía, un momento que no quería que avanzara: la hora en que nació Clara, la hora en que conoció a su mujer, la hora exacta en que ella murió.
3Clara creció entre esas manecillas quietas. De adolescente le parecieron una manía triste; soñaba con marcharse de aquel taller donde el tiempo no pasaba. Y se marchó: estudió lejos, volvió poco, llamaba los domingos. Su padre nunca le reprochó la distancia. Solo, al despedirse, le repetía la misma frase: «Acá todo te espera, en su hora.»
4Cuando Augusto enfermó, Clara regresó para cuidarlo. Una tarde, ordenando el taller, encontró un reloj nuevo, el único que ella no conocía, detenido en las 16:20. Le preguntó qué hora guardaba ese. Su padre sonrió: «La de ahora. La de este rato contigo. Lo paré apenas llegaste.» Clara entendió entonces que su padre no coleccionaba relojes rotos: coleccionaba lo que temía perder.
5Augusto murió esa primavera. Clara se llevó un solo reloj a su casa de la ciudad: el de las 16:20. No lo colgó en la pared. Lo dejó sobre su escritorio, donde lo veía cada día, y por primera vez comprendió que detener un reloj no era negarse al tiempo, sino una manera tozuda y silenciosa de decir «esto importó». A veces, sin pensarlo, lo tomaba en las manos, como quien sostiene un instante para que no se caiga.
1Vivimos rodeados de listas de libros por leer. Cada año aparecen novedades, recomendaciones y desafíos de lectura que miden el éxito en la cantidad de títulos terminados. En ese clima, confesar que uno está releyendo un libro que ya conoce suena casi a herejía: ¿para qué volver atrás, habiendo tanto por descubrir?
2Y, sin embargo, releer es una de las experiencias más reveladoras que ofrece la lectura. Un libro no cambia, pero el lector sí. Quien vuelve a una novela diez años después no encuentra el mismo texto: encuentra, sobre todo, al lector que fue y la distancia que lo separa de él. Pasajes que antes parecían menores cobran de pronto un peso enorme; frases subrayadas con entusiasmo juvenil resultan ahora ingenuas. El libro se ha quedado quieto; somos nosotros los que nos movimos.
3Hay quienes objetan que releer es un lujo que el tiempo no permite. Es cierto que las horas son pocas y los libros, infinitos. Pero confundir la lectura con la acumulación es un error. Leer cien libros a la carrera, sin que ninguno deje huella, no nos hace más lectores: nos hace coleccionistas de portadas. A veces, un solo libro leído tres veces enseña más que treinta leídos una sola vez.
4No se trata, claro, de releer siempre lo mismo ni de renunciar a lo nuevo. Lo uno no excluye lo otro. Se trata de reconocer que algunos libros no se terminan nunca del todo, porque crecen con quien los lee. Volver a ellos no es retroceder: es medir, en sus páginas, cuánto hemos cambiado.
5Quizá por eso los libros que de verdad amamos no son los que más nos sorprendieron la primera vez, sino aquellos a los que podemos regresar. Un buen libro, como un viejo amigo, no se agota en un solo encuentro. Nos espera, paciente, para mostrarnos en cada visita algo que la vez anterior no estábamos listos para ver.
1A la orilla de un río vivía una piedra enorme, orgullosa de su dureza. Veía pasar el agua de día y de noche, y se burlaba de ella. «Pobre cosa blanda —decía—. No tienes forma ni fuerza; cualquiera te atraviesa con la mano. Yo, en cambio, llevo aquí mil años y aquí seguiré otros mil.»
2El río no respondía. Seguía su curso, paciente, rodeando la piedra como rodeaba todo lo demás. A veces, en las crecidas del invierno, el agua subía y golpeaba con fuerza; pero al llegar la primavera bajaba de nuevo, mansa, y la piedra reía: «¿Lo ves? Ahí sigo, intacta.»
3Pasaron los años, y luego los siglos. La piedra no notaba ningún cambio, porque ocurría demasiado despacio para sus ojos. Cada gota que resbalaba por su superficie se llevaba consigo una partícula invisible. Cada crecida limaba un borde, redondeaba una esquina, abría una grieta minúscula. La piedra seguía creyéndose la misma; pero ya no lo era.
4Una mañana, un niño que jugaba a la orilla recogió del lecho del río un guijarro liso y brillante, del tamaño de su palma, y se lo guardó en el bolsillo como un tesoro. Era todo lo que quedaba de la gran piedra orgullosa. El agua, que nunca había levantado la voz, la había deshecho sin prisa y sin pausa.
5El río, mientras tanto, seguía igual que siempre: sin forma, sin dureza, sin alardes. Porque hay fuerzas que no vencen por el golpe, sino por la constancia; y hay durezas que no resisten, justamente, por negarse a cambiar.