Foco en la habilidad Evaluar: un ensayo, un texto biográfico y una columna. Juzga el propósito, la posición y el tono del emisor. Ingresa con tu RUT para resolverla en línea.
La PAES de Competencia Lectora mide tres habilidades. Antes de ejercitar, conoce qué pide cada una y cómo se resuelve. Regla de oro: la respuesta correcta siempre se apoya en evidencia del texto, no en tu opinión.
Hallar información que aparece de forma explícita en el texto (igual o parafraseada).
Procedimiento: (1) lee el texto completo; (2) subraya en la pregunta el referente (sobre qué se pregunta); (3) busca ese dato en el texto; (4) contrástalo con cada alternativa.
Relacionar partes del texto para inferir significados, funciones o la idea principal.
Procedimiento: para la idea principal usa las macrorreglas — selecciona lo que se reitera, suprime ejemplos y detalles, generaliza en un solo concepto. Para la función de un elemento, pregunta «¿para qué está aquí?».
Valorar la intención del emisor, la consistencia, la forma o su postura/tono.
Procedimiento: identifica qué se juzga (propósito, tono, calidad) y respáldalo con marcas del texto. Distingue el lenguaje prudente («sugiere», «probablemente») del categórico («demuestra»).
Cada pregunta indica su habilidad, su tarea DEMRE y su nivel de dificultad (Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3). Antes de cada grupo de preguntas verás una caja «ATENCIÓN» que modela el razonamiento.
1Pocas preguntas se repiten tanto, hoy, como «¿para qué sirve?». Se la hacemos a una carrera universitaria antes de elegirla, a una asignatura que nos cuesta, a un libro que no enseña ninguna destreza práctica. Vivimos convencidos de que todo lo que vale debe traducirse, tarde o temprano, en un beneficio concreto: un empleo, un ahorro, una ventaja. Lo que no rinde de inmediato nos parece, en el mejor de los casos, un lujo; en el peor, una pérdida de tiempo.
2Conviene, sin embargo, desconfiar de esa pregunta. Porque hay una enorme parte del conocimiento humano —la poesía, la filosofía, la matemática pura, la contemplación de las estrellas— que no nació para servir a nada y que, justamente por eso, nos ha dado lo mejor de nosotros mismos. El valor de esos saberes no está en su utilidad, sino en algo más difícil de medir: la manera en que ensanchan nuestra mirada.
3La historia, además, se ríe de quienes exigen utilidad inmediata. Buena parte de las matemáticas que hoy hacen funcionar los teléfonos y los satélites fue desarrollada por matemáticos que jugaban con números sin imaginar ninguna aplicación. Investigaron por curiosidad, por el placer de entender. Siglos después, ese conocimiento «inútil» se volvió la base de la tecnología más práctica. Lo que no servía para nada terminó sirviendo para casi todo.
4Pero reducir el valor de lo «inútil» a su eventual utilidad futura sería, otra vez, caer en la misma trampa. La poesía no vale porque algún día rinda; vale porque nos enseña a sentir, a nombrar lo que no sabíamos decir. La filosofía no se justifica por su aplicación; se justifica porque nos vuelve capaces de preguntarnos cómo queremos vivir. Hay cosas cuyo único «para qué» somos nosotros mismos, y eso basta.
5Defender lo inútil no es, entonces, despreciar lo práctico. Es recordar que una sociedad que solo cultiva lo rentable se empobrece sin darse cuenta. Necesitamos ingenieros y también poetas; necesitamos resolver problemas y también asombrarnos. El día en que solo enseñemos lo que «sirve», habremos olvidado para qué servía, en realidad, aprender.
1Elena Vargas nació en un pueblo del sur, en una casa rodeada de helechos, y murió a los noventa y un años convertida en una de las ilustradoras botánicas más respetadas de su país. Entre esos dos extremos hay una vida entera dedicada a una tarea que muchos consideraban menor: dibujar plantas con una exactitud casi obsesiva.
2De niña, mientras otros coleccionaban figuritas, ella coleccionaba hojas. Las prensaba entre libros, las clasificaba y las copiaba a lápiz una y otra vez, hasta que el dibujo y la hoja real se volvían indistinguibles. No tuvo estudios formales de arte ni de ciencia: aprendió mirando, con una paciencia que asombraba a quienes la conocían. Decía que dibujar una planta era la única forma verdadera de verla.
3Su trabajo no fue fácil de reconocer. En su época, la ilustración científica se consideraba un oficio secundario, a medio camino entre el arte y la copia. Durante años, sus láminas aparecieron en libros y catálogos sin su nombre. Solo en su vejez, cuando una universidad reunió su obra en una gran exposición, el público descubrió que detrás de miles de imágenes anónimas había una sola mano, rigurosa y constante.
4Lo notable de Elena Vargas no fue solo su talento, sino su forma de entender el conocimiento. Para ella, la ciencia y la belleza no se oponían: un buen dibujo botánico debía ser, al mismo tiempo, exacto y hermoso. Cada nervadura, cada pliegue de un pétalo, era para ella un dato y una forma de admiración. En sus láminas, la precisión nunca estaba reñida con el asombro.
5Murió rodeada de los mismos helechos de su infancia. Hoy sus ilustraciones se estudian en escuelas de botánica y se exhiben en museos, pero su mayor legado quizá sea otro: haber demostrado que mirar con atención —de verdad, con paciencia y cuidado— es ya una forma de conocimiento. En un mundo apurado, Elena Vargas dedicó su vida a enseñarnos a mirar despacio.
1Cada cierto tiempo, en alguna ciudad, un árbol centenario amanece marcado con una equis de pintura. La equis significa que estorba: que un nuevo edificio, una ampliación de calle o un estacionamiento necesitan su lugar. Y entonces, casi siempre sin que nadie lo consulte, la motosierra hace en una mañana lo que la naturaleza tardó cien años en construir.
2Indigna la facilidad con que firmamos esas sentencias. Plantamos arbolitos nuevos para la foto, sí, y nos felicitamos por ello; pero olvidamos que un árbol viejo no es reemplazable por uno joven. Un roble de un siglo da sombra a una cuadra entera, alberga decenas de especies y limpia el aire de toda una calle. Un arbolito recién plantado, por más buena voluntad que represente, no hará nada de eso en lo que nos queda de vida.
3Se dirá que el progreso exige sacrificios, que no se puede detener una ciudad por un árbol. Es un argumento cómodo y casi siempre falso. Rara vez se trata de elegir entre el árbol y un hospital; casi siempre se trata de elegir entre el árbol y la comodidad de unos pocos metros de cemento. Llamamos «progreso» a lo que muchas veces es solo prisa y falta de imaginación.
4Un árbol viejo es, además, una forma de memoria. Bajo su sombra jugaron generaciones que ya no están; vio crecer el barrio, sobrevivió a tormentas y a gobiernos. Talarlo no destruye solo madera: borra un testigo. Y una ciudad que borra sus testigos, que arrasa con todo lo que tarda en crecer, termina pareciéndose a un decorado: nuevo, limpio y sin historia.
5No pido detener el mundo. Pido apenas que, antes de pintar esa equis, alguien se detenga a pensar lo que de verdad está en juego. Que talar un árbol centenario deje de ser un trámite y vuelva a ser lo que es: una decisión grave, casi irreversible. Porque plantar es fácil y rápido; esperar cien años, en cambio, no lo puede hacer nadie por nosotros.