Propósito
Objetivo que busca cumplir el texto o uno de sus recursos: informar, explicar, advertir, convencer, cuestionar o producir otro efecto.
Aprenderás a formular juicios de lectura con la estrategia Criterio, Evidencia y Juicio. Ingresa con tu RUT para recuperar tu avance.
Determina propósito, consistencia, forma, postura y tono. Un juicio válido no depende del gusto personal: declara un criterio y se demuestra con evidencia textual.
Avanza en orden. La práctica conceptual y las cinco respuestas de cierre son obligatorias antes de entregar.
Reconoce qué aspecto pide juzgar la pregunta: propósito, suficiencia, consistencia, forma, postura, tono o transferencia.
Localiza una o más marcas comprobables del texto. Una impresión personal no reemplaza una cita, un dato o una relación.
Formula una conclusión proporcional a la evidencia. Evita absolutos como “demuestra”, “siempre” o “todos” si el texto no los permite.
Estos conceptos nombran el aspecto preciso que una pregunta te pide juzgar. Lee la definición y reconoce qué evidencia necesitarías.
Objetivo que busca cumplir el texto o uno de sus recursos: informar, explicar, advertir, convencer, cuestionar o producir otro efecto.
Grado en que los datos, razones o ejemplos bastan para sostener una afirmación. Una evidencia relacionada puede ser pertinente, pero insuficiente.
Coherencia entre las afirmaciones y la evidencia. El texto es inconsistente si sus datos contradicen su conclusión o no permiten sostenerla.
Manera en que el texto está construido: organización, lenguaje y recursos verbales o visuales. Evaluarla exige explicar qué efecto produce esa elección y cómo aporta al propósito.
Posición o valoración que adopta el emisor frente al tema. Se infiere mediante afirmaciones, selección de datos y expresiones valorativas.
Actitud que comunica el emisor, por ejemplo crítica, irónica, optimista o de advertencia. No corresponde a la emoción personal del lector.
En esta guía, es usar o evaluar una idea del texto en una situación nueva que el texto no desarrolla directamente. No es una cuarta habilidad PAES: funciona como una tarea dentro de Evaluar.
Observa cómo se convierte una impresión inicial en un juicio sustentado y cómo se descartan distractores plausibles.
Estas tareas comprueban si puedes reconocer el criterio, seleccionar evidencia y formular un juicio calibrado. Debes corregir los errores antes de continuar.
Selecciona qué dimensión de Evaluar exige cada pregunta.
En cada microcaso, elige la evidencia que realmente permite sostener el juicio propuesto.
Escoge la evaluación que no exagera ni reduce lo que la evidencia permite concluir.
Leo para aprender. Ensayo argumentativo. Lee primero para identificar la tesis y luego aplica C-E-J en cada pregunta.
Medir ayuda a decidir, pero una cifra nunca llega sola a una conclusión.
1En muchas ciudades, la promesa de una administración inteligente cabe ahora en una pantalla. Un tablero reúne el tiempo promedio de viaje, los reclamos por luminarias, la ocupación de los parques y el consumo de agua. Los indicadores cambian de color, las curvas suben o bajan y la autoridad puede observar, en pocos minutos, procesos que antes permanecían dispersos en oficinas distintas. Sería absurdo despreciar esa capacidad. Cuando una institución comparte información clara, puede detectar problemas con mayor rapidez, coordinar equipos y rendir cuentas de un modo que una carpeta cerrada jamás permitiría.
2El problema comienza cuando confundimos visibilidad con comprensión. Un dato muestra una parte del fenómeno, pero no decide por sí mismo qué parte merece atención ni qué costo estamos dispuestos a aceptar. Si un tablero informa que el tiempo promedio de viaje disminuyó cinco minutos, la noticia parece indiscutiblemente positiva. Sin embargo, el promedio puede ocultar que los trayectos mejoraron en los barrios centrales y empeoraron en sectores periféricos. La cifra no miente; simplemente responde a una pregunta más estrecha que aquella que la ciudadanía necesita formular.
3Algo semejante ocurre con los sistemas que ordenan solicitudes según su frecuencia. Si cien personas reportan un bache y diez denuncian una esquina peligrosa para quienes se desplazan en silla de ruedas, la plataforma puede sugerir atender primero el reclamo más numeroso. Esa regla parece eficiente, pero convierte la cantidad de mensajes en una medida de importancia. Quedan fuera la gravedad del riesgo, la dificultad que ciertos grupos enfrentan para usar canales digitales y el hecho de que un problema poco frecuente puede producir un daño muy alto.
4Por eso, un buen indicador no es el que elimina la discusión, sino el que la vuelve más precisa. Antes de celebrar una curva descendente conviene preguntar cómo se construyó, a quiénes representa, qué casos deja fuera y con qué información debería contrastarse. Esas preguntas no debilitan el valor de los datos. Al contrario, permiten utilizarlos con responsabilidad. Medir puede orientar una decisión, pero no gobernarla en silencio.
5Esta distinción también obliga a revisar la idea de neutralidad. Elegir qué se mide ya expresa una prioridad. Una municipalidad que registra únicamente la rapidez de sus trámites sabrá cuánto demora una respuesta, pero no si esa respuesta resolvió el problema. Otra que consulta solo a quienes completan una encuesta digital conocerá la opinión de un grupo disponible y conectado, no necesariamente la de toda la comunidad. Ninguna de estas mediciones es inútil; ambas son parciales. Presentarlas como retratos completos sería el verdadero error.
6Una política pública informada necesita, entonces, combinar escalas. Los registros masivos permiten reconocer patrones; las entrevistas y reuniones muestran experiencias que no caben en una casilla; la comparación entre barrios revela desigualdades; y la revisión periódica permite saber si una mejora se sostuvo o fue apenas una variación momentánea. Cuando varias fuentes coinciden, el juicio gana fuerza. Cuando difieren, la discrepancia no debe ocultarse: señala una pregunta que todavía requiere investigación.
7También importa la forma de comunicar los resultados. Un tablero lleno de colores puede dar una impresión de certeza mayor que la evidencia disponible. Mostrar el margen de error, explicar la procedencia de los datos y distinguir entre correlación y causa son decisiones menos vistosas, pero más honestas. La transparencia no consiste en publicar muchas cifras, sino en permitir que otras personas comprendan sus alcances y límites.
8La ciudad que escucha a sus datos no es la que obedece automáticamente a una pantalla. Es la que usa esa pantalla para hacer mejores preguntas y luego contrasta las respuestas con las vidas que pretende mejorar. La tecnología puede ampliar nuestra capacidad de ver; la deliberación pública debe decidir qué significa aquello que vemos. Si ambas tareas se confunden, la eficiencia termina sustituyendo a la justicia. Si se articulan, los indicadores dejan de ser un veredicto y se convierten en una herramienta común.
Leo para mí. Perfil biográfico. Evalúa cómo la selección de escenas, voces y datos construye una imagen de la protagonista.
Perfil de Elisa Mardones, archivera de una ciudad que aprendió a proteger su memoria después de una inundación.
1Elisa Mardones no recuerda el número exacto de cajas que encontró flotando aquella mañana. Recuerda, en cambio, el peso de una: dos funcionarios tuvieron que levantarla porque el cartón mojado se había pegado a los documentos. Dentro había cartas, actas vecinales y fotografías que olían a barro. Mientras otros calculaban cuánto espacio sería necesario para desecharlo todo, ella pidió ventiladores, papel absorbente y una mesa larga. “Antes de decidir que algo se perdió, hay que saber qué tenemos”, dijo. La frase, repetida durante años por sus colegas, resume tanto su método como su carácter.
2Elisa había llegado al archivo municipal doce años antes de la inundación. Su trabajo inicial consistía en describir expedientes y responder solicitudes de investigadores. Era una labor silenciosa, hecha de fechas, nombres y códigos. Ella, sin embargo, comenzó a anotar también quién consultaba cada documento y para qué lo necesitaba. Descubrió que la mayoría de las visitas no provenía de especialistas. Eran familias que buscaban el plano de una vivienda, dirigentes que querían reconstruir la historia de una sede social o estudiantes que preguntaban por fotografías de su barrio.
3Esa observación modificó su idea del oficio. “Un archivo no es una bodega de papeles viejos; es una conversación aplazada”, escribió en una libreta que todavía conserva. La expresión puede sonar solemne, pero su práctica era concreta. Sustituyó rótulos técnicos por descripciones comprensibles en el catálogo público, organizó visitas para escuelas y pidió que cada donación incluyera un relato sobre el origen de los objetos. Así, una fotografía dejaba de ser solo una imagen fechada y pasaba a registrar quién aparecía en ella, qué lugar mostraba y por qué alguien había decidido conservarla.
4La inundación puso a prueba esas ideas. Durante las primeras semanas, Elisa coordinó un sistema simple: cada pieza recibía un número, una fotografía del estado en que había sido encontrada y una ficha duplicada. Un ejemplar acompañaba el proceso de secado; el otro permanecía en una oficina distinta. Si una etiqueta se desprendía, todavía era posible reconstruir el recorrido. El procedimiento parecía lento frente a la urgencia, pero evitó que cientos de documentos perdieran su contexto mientras eran trasladados.
5No todo funcionó. La falta de espacio obligó a priorizar y algunas fotografías quedaron dañadas de manera irreversible. Un antiguo compañero, Sergio Lillo, recuerda que Elisa podía demorar demasiado una decisión cuando temía eliminar información relevante. “Su cuidado era una virtud y, a veces, también un obstáculo”, explica. Ella no discute esa apreciación. Reconoce que durante la emergencia intentó revisar personalmente más tareas de las que podía controlar y que el equipo avanzó mejor cuando distribuyó responsabilidades.
6Después de la crisis, el protocolo fue corregido. Se establecieron responsables por etapa, se almacenaron copias digitales en dos ubicaciones y se programaron simulacros anuales. Cinco años después de que Elisa dejara la jefatura, el sistema seguía en uso y había sido adoptado, con modificaciones, por tres bibliotecas de la región. Ese dato le importa más que los homenajes. Cuando le preguntan por el reconocimiento público que recibió, responde con una lista de pendientes: mejorar el acceso para personas con discapacidad visual, actualizar formatos digitales antiguos y registrar colecciones que aún permanecen en casas particulares.
7Quienes la presentan como la mujer que “salvó sola” el archivo simplifican una historia que ella se esfuerza por contar en plural. Hubo funcionarios que limpiaron estantes, vecinos que prestaron congeladores para detener el deterioro del papel y especialistas que enseñaron técnicas de recuperación. El mérito de Elisa no consistió en realizar cada tarea, sino en proponer una forma de coordinarlas sin perder de vista para quiénes se conservaban los documentos.
8Hoy, cuando recorre la sala renovada, se detiene frente a las cartas rescatadas. No las exhibe como trofeos de una hazaña personal. Las utiliza para explicar que la memoria depende de procedimientos revisables, recursos suficientes y responsabilidades compartidas. Su legado resulta menos espectacular que la figura de una heroína rodeada de cajas, pero quizá sea más duradero: dejó un método capaz de funcionar incluso cuando ella ya no estaba allí para dirigirlo.
Leo para vivir en comunidad. Columna de opinión. Observa especialmente el tono y la relación entre los recursos expresivos y la postura del emisor.
Reparar se ha convertido en una rareza, aunque muchas veces sea la decisión más sensata.
1En algún momento aceptamos que un aparato de tres años ya es viejo. No antiguo, no histórico, ni siquiera gastado: viejo, con esa entonación que funciona como certificado de defunción doméstica. La batería dura menos, una aplicación deja de actualizarse o aparece una raya en la carcasa y comenzamos a mirar vitrinas. El objeto todavía cumple su tarea, pero ha cometido una falta difícil de perdonar: dejó de parecer nuevo.
2La industria conoce bien esa incomodidad. Por eso presenta cada lanzamiento como una frontera entre quienes avanzan y quienes se quedan atrás. La cámara tiene más lentes, la pantalla ofrece un brillo que nadie había reclamado y el empaque promete una experiencia “completamente renovada”. A menudo, la renovación consiste en realizar con mayor velocidad aquello que el equipo anterior ya hacía bastante bien. Sin embargo, estrenar conserva un prestigio que reparar perdió. Lo nuevo se exhibe; lo reparado se explica casi como una disculpa.
3Esta columna no propone conservar cualquier artefacto a cualquier costo. Hay refrigeradores antiguos cuyo consumo energético justifica el reemplazo, vehículos que ya no cumplen condiciones de seguridad y equipos para los cuales no existen repuestos confiables. Reparar no es un rito moral ni una competencia para demostrar austeridad. Es una opción que debería evaluarse con información: vida útil esperable, costo total, disponibilidad de piezas, seguridad, consumo y posibilidad de actualización.
4El problema es que rara vez contamos con esa información en condiciones comparables. Sabemos el precio de un producto nuevo en letras enormes, pero no cuántos años recibirá soporte. Conocemos la cuota mensual, pero no el costo de cambiar una pieza sellada. Admiramos un diseño delgado sin preguntar si para lograrlo fue necesario pegar la batería y dificultar su reemplazo. Después llamamos “decisión del consumidor” a una elección tomada dentro de un menú cuidadosamente reducido.
5También hemos perdido espacios de aprendizaje. Cuando un objeto falla, muchas personas ya no pueden abrirlo, identificar una pieza o conversar con alguien que conozca su funcionamiento. Los talleres de barrio disminuyen y los manuales se vuelven inaccesibles. No se trata de idealizar un pasado en que todo duraba para siempre; ese pasado tampoco existió. Se trata de reconocer que la capacidad de mantener y reparar entrega autonomía. Quien entiende mínimamente un objeto puede decidir mejor cuándo arreglarlo, cuándo reemplazarlo y qué exigir al fabricante.
6Las escuelas podrían contribuir a recuperar esa capacidad. Un taller de reparación no tendría que formar técnicos especializados. Bastaría con enseñar a observar una falla, buscar información confiable, estimar riesgos y documentar un procedimiento. Reparar una lámpara, coser una mochila o cambiar una pieza sencilla permite comprender que los objetos tienen materiales, uniones y decisiones de diseño. Incluso cuando la reparación no resulta conveniente, el análisis deja de ser una reacción impulsiva ante una publicidad.
7Las instituciones también compran y desechan. Una escuela que adquiere cincuenta tabletas debería preguntar por el soporte, la disponibilidad de repuestos y el costo de mantenerlas durante varios años, no solo por el descuento inicial. Un municipio que renueva computadores funcionales podría comparar el gasto de actualización con el de reemplazo y publicar las razones de su decisión. Esas preguntas no garantizan que siempre se repare; garantizan algo más modesto y más útil: que desechar deje de ser la respuesta automática.
8Tal vez reparar recupere prestigio cuando deje de asociarse con el fracaso de no poder comprar algo nuevo. Un objeto reparado no es necesariamente un objeto inferior. Puede ser la prueba de que alguien evaluó alternativas, comprendió un mecanismo y decidió extender su uso. Estrenar seguirá siendo necesario y, a veces, deseable. Pero mientras lo nuevo conserve el monopolio de la admiración, seguiremos confundiendo progreso con reemplazo. Una sociedad madura no es la que nunca desecha, sino la que sabe explicar por qué lo hace.
Responde con oraciones completas. Estas respuestas se envían al profesor y no se reemplazan por marcar una casilla.
La selección de una alternativa solo guarda tu respuesta. La guía se envía únicamente al presionar el botón final.
Revisa la retroalimentación de cada pregunta y vuelve a la evidencia textual.