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Guía N°17 · Práctica intensiva

Doble evidencia: decidir con precisión bajo distractores plausibles

Lee cada texto completo. Antes de elegir, exige dos pistas convergentes y revisa si cada palabra de la alternativa puede sostenerse con el texto.

4 textos originales24 reactivos A–DDificultad altaSin límite de tiempo

Instrucciones

1 · Lee el texto completoIdentifica el problema, la voz y la progresión antes de responder.
2 · Trabaja por textoCada lectura permanece junto a sus seis preguntas.
3 · Entrega cuando decidasLa plataforma acepta la entrega aunque dejes preguntas sin responder.

Infografía · Estrategia de doble evidencia

Una alternativa correcta debe resistir dos comprobaciones distintas en el texto.

1

Delimita la tarea

Subraya mentalmente el verbo: inferir, evaluar, explicar, relacionar o localizar.

2

Reúne dos pistas

Busca datos, expresiones o relaciones que apunten a la misma conclusión.

3

Traduce la opción

Convierte cada alternativa en una afirmación breve y compárala con las pistas.

4

Audita cada palabra

Descarta lo absoluto, parcial, exagerado o centrado en un foco diferente.

Test de resistencia: si una palabra decisiva de la alternativa no puede defenderse con evidencia textual, la opción no está suficientemente respaldada.
LECTURA 1 · Preguntas 1 a 6Texto literario · Narración

El cuarto cajón

Relato

Cuando cerraron la oficina de correos del barrio, a Elías le encargaron inventariar los muebles antes de que llegara el camión municipal. Aceptó porque conocía el edificio desde niño y porque, según dijo, nadie distinguiría mejor que él una balanza antigua de una simple pieza de metal. No mencionó que durante diecisiete años había evitado entrar allí a la hora del almuerzo, cuando Clara atendía la ventanilla central y levantaba la vista apenas escuchaba sus pasos.

El trabajo parecía sencillo. Las mesas tenían etiquetas, las sacas estaban numeradas y hasta los sellos secos conservaban una ficha de mantenimiento. Clara había diseñado ese orden. «Un archivo no sirve para guardar cosas», repetía; «sirve para que otro pueda encontrarlas cuando uno ya no esté». Elías solía burlarse de la frase. Decía que una buena memoria ahorraba formularios. Sin embargo, al comenzar el inventario, siguió exactamente la secuencia escrita por ella en una hoja amarillenta: sala, mueble, cajón, objeto, estado.

En el escritorio de la jefatura había cuatro cajones. Los tres primeros contenían lo esperable: sobres devueltos, cintas gastadas, formularios fuera de uso. El cuarto estaba cerrado. Elías buscó la llave en el tablero, en una taza y bajo el fieltro de la mesa. Al no encontrarla, anotó «vacío» en la planilla. Luego trazó una línea sobre la palabra y escribió «sin acceso». Permaneció observando ambas expresiones como si la diferencia pudiera alterar algo más que el inventario.

A media tarde llegó Mauro, el funcionario municipal. Le recordó que no necesitaban una historia del edificio, solo una lista. Elías respondió que una lista mal hecha era una historia falsa. Mauro sonrió, creyendo escuchar una broma, y dejó sobre la mesa un manojo de llaves recogidas en la bodega. La más pequeña abrió el cuarto cajón.

Dentro no había documentos oficiales. Había cinco sobres sin estampilla, atados con una cinta azul. Todos llevaban el nombre de Elías y distintas fechas. Reconoció la letra de Clara antes de leerla. No abrió ninguno. Comprobó únicamente que los sobres estaban cerrados, midió el paquete y escribió: «Correspondencia particular, destinatario identificable, estado íntegro». Después añadió «entregar», pero volvió a tachar la palabra. La sustituyó por «consultar procedimiento».

Mauro se acercó. Elías cubrió la planilla con el brazo, un gesto desproporcionado que el otro fingió no ver. Afuera, el camión ya maniobraba junto a la vereda. Mauro preguntó si quedaba algo sin registrar. Elías miró el cajón abierto, el polvo intacto alrededor del paquete y la fecha del sobre superior: dos días antes de que Clara dejara de trabajar. Dijo que faltaba decidir si aquello pertenecía al edificio.

«Si tiene tu nombre, parece fácil», respondió Mauro. Elías sostuvo que el inventario exigía separar propiedad, custodia y destino. Pronunció esas palabras lentamente, con la seguridad de quien levanta una pared usando términos correctos. Mauro no discutió. Le señaló que la hoja amarillenta incluía una última instrucción escrita al margen: «Cuando la clasificación no alcance, registrar la duda». Elías no recordaba esa frase, aunque el doblez de la hoja mostraba que muchas veces había pasado el dedo sobre ella.

Mientras esperaban al conductor, Mauro encontró en otra carpeta una copia del protocolo de objetos personales. Indicaba que debían notificarse al destinatario y mantenerse treinta días bajo custodia. Elías leyó la norma dos veces. Le tranquilizó que alguien hubiera previsto una categoría para su problema y, al mismo tiempo, le irritó que esa categoría no decidiera por él. El procedimiento podía decirle dónde guardar los sobres y durante cuánto tiempo; no podía decirle qué significaba recibirlos cuando la persona que los había escrito ya no podía explicar su demora.

Recordó entonces una discusión de muchos años atrás. Clara había devuelto a un vecino una carta que el sistema marcaba como «domicilio inexistente». Elías le preguntó por qué insistía si la clasificación era clara. Ella respondió que una etiqueta describía el intento del correo, no la existencia de una casa. Él había celebrado la ocurrencia como una de sus manías verbales. Ahora, frente al cajón, comprendía que durante años había usado una etiqueta parecida para sí mismo: «asunto terminado». La frase ordenaba el recuerdo, pero no demostraba que hubiera dejado de esperar.

Al anochecer, el escritorio fue el último mueble en subir al camión. Elías guardó los cinco sobres en una caja transparente, separados de sus pertenencias. En la planilla final escribió: «Objeto hallado durante el cierre; clasificación pendiente por involucrar al responsable del inventario». Mauro firmó sin hacer preguntas.

Antes de salir, Elías recorrió la sala vacía. Durante años había pensado que Clara confundía el orden con una forma de miedo. Ahora comprendió, o creyó comprender, que algunas clasificaciones no eliminaban la incertidumbre: apenas impedían que uno la escondiera bajo un nombre cómodo. Cerró la puerta y se llevó la caja. No abrió los sobres esa noche. Pero, por primera vez, tampoco dijo que estaban vacíos.

Texto original elaborado para esta guía.

LECTURA 2 · Preguntas 7 a 12Texto no literario · Columna

La ciudad que escucha demasiado

Columna de opinión

Las ciudades han comenzado a escuchar mediante sensores. Registran el ruido de una avenida, la velocidad de los buses, la humedad de una plaza y el tiempo que tarda un peatón en cruzar. Esta capacidad suele presentarse como una victoria contra la improvisación: si antes se gobernaba con intuiciones, ahora sería posible decidir con evidencia. La promesa contiene una parte cierta. Medir puede revelar desigualdades que el hábito vuelve invisibles. El problema comienza cuando confundimos escuchar con comprender.

Un tablero municipal muestra aquello para lo cual fue diseñado. Si cuenta minutos de espera, reconocerá como mejora cualquier medida que reduzca el promedio. Pero un promedio menor puede convivir con recorridos cancelados en sectores periféricos: la mayoría viaja más rápido mientras una minoría deja de viajar. El indicador no miente; responde con precisión a una pregunta estrecha. La distorsión aparece cuando esa respuesta ocupa el lugar de todas las preguntas que no formulamos.

Algo similar ocurre con los árboles urbanos. Una plataforma puede valorar la cantidad de sombra proyectada al mediodía y recomendar especies de crecimiento veloz. Si la administración optimiza solo esa cifra, quizá obtenga sombra pronto, pero también raíces que dañen veredas, mayor consumo de agua o una arboleda uniforme y vulnerable a una plaga. Ninguno de estos efectos refuta la medición inicial. Demuestra, más bien, que una decisión pública no cabe en un único criterio sin perder aquello que no fue contado.

Frente a estos riesgos, algunos proponen desconfiar de toda tecnología. Sería una salida tan cómoda como la fe ciega en los datos. Sin sensores, las autoridades vuelven a depender de reclamos desiguales: se escucha más a quienes tienen tiempo, contactos o lenguaje técnico para hacerse oír. La medición puede corregir ese sesgo, siempre que no convierta el silencio en consentimiento. Un barrio con pocas denuncias no es necesariamente un barrio sin problemas; puede ser uno que dejó de esperar respuesta.

Por eso, la pregunta relevante no es si una ciudad debe medir, sino quién decide qué merece ser medido, qué queda fuera y qué consecuencias tendrá el resultado. Los habitantes no necesitan votar cada sensor, pero sí conocer las categorías que ordenan su experiencia. También deben poder discutirlas. Llamar «incidente de movilidad» a la imposibilidad de una persona en silla de ruedas para subir a un bus no es una descripción neutral: delimita responsables, urgencias y soluciones posibles.

El ruido ofrece otro ejemplo. Dos calles pueden registrar el mismo promedio de decibeles y producir experiencias opuestas. En una, el sonido es continuo y previsible; en otra, se concentra en explosiones nocturnas que interrumpen el sueño. Si el tablero conserva solo el promedio diario, la equivalencia matemática borra la diferencia práctica. Agregar máximos horarios mejora la descripción, pero tampoco informa por sí mismo quiénes pueden cerrar una ventana, quiénes trabajan de noche o qué actividad genera el ruido. Cada precisión abre una pregunta nueva en vez de clausurar el análisis.

Por esta razón, los sistemas de medición también necesitan auditorías públicas. No basta con revisar si el sensor funciona: hay que examinar si la categoría sigue siendo pertinente y si los incentivos creados por ella alteran el comportamiento. Una oficina evaluada por responder rápidamente puede cerrar reclamos antes de resolverlos; el tablero mostrará eficiencia mientras el problema cambia de nombre. Auditar significa comparar la mejora registrada con la experiencia que la política pretendía mejorar.

Este examen requiere conservar decisiones y no solo resultados. Si una categoría cambia, el municipio debería explicar qué problema intentó corregir, qué evidencia justificó el ajuste y qué series dejan de ser comparables. De lo contrario, un tablero aparentemente transparente puede volver opaca la historia de sus propias mediciones. La confianza no proviene de exhibir muchas cifras, sino de permitir que otros reconstruyan cómo llegaron a representar aquello que dicen representar.

Una política razonable combinaría tres formas de evidencia. Primero, registros comparables que permitan detectar tendencias. Segundo, observaciones situadas que expliquen por qué una cifra cambia. Tercero, deliberación pública para decidir qué cambios importan. Estas capas no compiten como si una debiera vencer a las otras. Se corrigen mutuamente. El dato obliga al testimonio a enfrentar patrones generales; el testimonio impide que el dato borre experiencias; la deliberación transforma ambos en prioridades discutibles.

Escuchar demasiado no significa reunir una cantidad excesiva de información. Significa permitir que el sistema de medición hable con una autoridad que nunca le concedimos explícitamente. Una ciudad inteligente no es la que responde más rápido a su tablero, sino la que sabe cuándo detenerse y preguntar si el tablero está describiendo el problema correcto.

Texto original elaborado para esta guía.

LECTURA 3 · Preguntas 13 a 18Texto no literario · Divulgación

Bosques que caben en una cifra

Artículo de divulgación científica

Para comparar proyectos de restauración ecológica se necesitan indicadores comunes. Uno de los más utilizados es la cantidad de carbono almacenado por hectárea. La medida resulta valiosa: permite estimar cuánto dióxido de carbono retira una formación vegetal de la atmósfera y facilita el seguimiento de áreas extensas. Sin una unidad compartida, sería difícil decidir dónde una intervención avanza, se estanca o fracasa.

Sin embargo, dos bosques que almacenan la misma cantidad de carbono pueden ser ecológicamente muy distintos. El primero puede contener árboles de varias edades, sotobosque, hongos y cursos de agua; el segundo, una plantación de una sola especie y edad. Desde la perspectiva del carbono, ambos podrían producir un número parecido. Desde la perspectiva de la biodiversidad, la resistencia a incendios o la disponibilidad de hábitat, no son equivalentes.

Este contraste no vuelve inútil al indicador. Muestra que todo indicador funciona como una representación: conserva ciertos rasgos del fenómeno y omite otros. Un mapa de caminos no registra la temperatura del suelo, pero nadie lo acusa de falsedad por esa ausencia. El error consiste en pedirle que resuelva una pregunta para la cual no fue construido. Con los indicadores ecológicos ocurre lo mismo, aunque su apariencia numérica puede hacernos olvidar sus límites.

El problema se intensifica cuando la cifra no solo describe un proyecto, sino que distribuye financiamiento. Si el pago depende exclusivamente de acumular carbono con rapidez, los responsables reciben un incentivo para escoger especies que crecen velozmente. Esa decisión puede maximizar el indicador durante algunos años y, al mismo tiempo, disminuir la variedad genética o aumentar el riesgo ante sequías futuras. La regla cambia el comportamiento de quienes son evaluados y, con ello, modifica el fenómeno que pretendía observar.

Los equipos de restauración intentan reducir este riesgo mediante conjuntos de indicadores. Junto al carbono registran supervivencia de especies nativas, diversidad estructural, continuidad del suelo, presencia de polinizadores y disponibilidad de agua. Agregar medidas tampoco garantiza una visión completa: cada una introduce costos, márgenes de error y decisiones sobre qué contar. La ventaja es otra. Al hacer visibles varias dimensiones, resulta más difícil presentar un éxito parcial como si fuera un éxito total.

La incertidumbre cumple aquí un papel decisivo. Las estimaciones de carbono dependen de muestras, ecuaciones y supuestos sobre el crecimiento. Informar un rango, por ejemplo entre 70 y 86 toneladas por hectárea, no debilita necesariamente el resultado. Permite saber qué grado de precisión admite la evidencia y comparar decisiones que serían distintas si el valor real estuviera cerca de uno u otro extremo. Ocultar el rango detrás de una cifra única produce una seguridad más simple, no una información más fiel.

La procedencia de los datos también importa. Las imágenes satelitales permiten observar grandes superficies con una frecuencia que sería imposible alcanzar solo desde el suelo. No obstante, sus estimaciones deben contrastarse con parcelas de terreno, donde se miden troncos, especies y condiciones locales. Si ambas fuentes divergen, la diferencia no se resuelve escogiendo automáticamente la cifra más moderna. Puede señalar una calibración deficiente, una característica del bosque que el sensor no distingue o una muestra terrestre poco representativa.

Además, elegir indicadores es una decisión científica y social. Las comunidades cercanas pueden valorar plantas medicinales, protección frente a aluviones o continuidad de lugares significativos. Estas funciones no reemplazan las medidas ecológicas, pero ayudan a definir qué pérdida sería relevante detectar. Incorporarlas exige criterios verificables para no convertir cualquier preferencia en evidencia. La participación amplía el fenómeno observado; la metodología conserva la posibilidad de contrastar lo observado.

La revisión periódica completa ese diseño. Una medida adecuada al inicio puede perder capacidad explicativa cuando cambian el clima, la composición del bosque o las metas del proyecto. Mantenerla solo para preservar una serie histórica también tiene costos. Los equipos deben justificar tanto la continuidad como el cambio y, cuando sea posible, medir durante un tiempo con ambos criterios. Así, la comparación no desaparece de un día para otro y el instrumento puede adaptarse sin borrar su propia historia.

También conviene registrar el tiempo. Un bosque joven puede capturar carbono con rapidez, mientras uno antiguo mantiene reservas mayores y redes ecológicas difíciles de reemplazar. Evaluarlos en un único momento favorece ciertas funciones y vuelve invisibles otras. Por eso, los diseños más robustos combinan mediciones presentes con trayectorias: preguntan cuánto hay, cómo llegó a haberlo y qué podría ocurrir bajo condiciones futuras.

Un bosque no cabe realmente en una cifra. Pero sin cifras sería difícil protegerlo frente a decisiones que exigen comparar alternativas. La tarea científica no consiste en elegir entre medir o comprender, sino en construir medidas cuyo alcance sea explícito, cuyos límites puedan discutirse y cuyos efectos sobre la gestión sean revisados. El indicador es útil cuando orienta la mirada; se vuelve peligroso cuando pretende reemplazarla.

Texto original elaborado para esta guía.

LECTURA 4 · Preguntas 19 a 24Texto no literario · Entrevista

«Restaurar no es borrar el tiempo»

Entrevista a una conservadora de archivos sonoros

—Cuando se digitaliza una grabación antigua, ¿el objetivo es hacerla sonar como nueva?
—No. El objetivo es volverla accesible sin inventar una versión que nunca existió. Podemos reducir un zumbido eléctrico o estabilizar la velocidad de una cinta, pero cada intervención altera algo. Por eso conservamos el archivo original, la copia de trabajo y un registro de todas las decisiones. Una restauración responsable debe poder deshacerse o, al menos, reconstruirse.

—Sin embargo, el público suele agradecer que desaparezcan los ruidos.
—Porque algunos ruidos impiden escuchar. Pero otros informan. El roce de una aguja puede indicar el soporte utilizado; una pausa puede deberse al sistema de grabación; incluso una saturación revela las condiciones en que alguien habló. Si limpiamos todo, obtenemos una voz más nítida y un documento menos completo. La pregunta no es cuánto ruido podemos quitar, sino qué evidencia perderíamos al hacerlo.

—¿Cómo se decide ese límite?
—Primero definimos el uso. Una copia destinada a investigación necesita conservar detalles distintos de una preparada para una exposición. Luego comparamos fuentes: si existen dos copias del mismo registro, una puede aclarar el daño de la otra. Finalmente, documentamos la incertidumbre. No decimos «esta era la velocidad exacta» cuando solo tenemos una estimación razonable. Declaramos el criterio y su margen.

—¿No confunde al visitante mostrar esas dudas?
—A veces lo desconcierta, pero la certeza falsa lo engaña. Los museos se acostumbraron a presentar objetos terminados, como si hubieran llegado intactos desde el pasado. Mostrar una costura, una laguna o una decisión de montaje permite comprender que el patrimonio también tiene historia. No convierte toda interpretación en capricho; obliga a distinguir entre una conjetura documentada y una invención.

—Hoy algunos sistemas pueden completar con inteligencia artificial una palabra perdida. ¿Lo haría?
—Depende de cómo se presente. Para facilitar la escucha, podríamos ofrecer una reconstrucción señalada explícitamente y separada del archivo. No deberíamos insertar la palabra generada en la copia principal como si hubiera estado allí. Una hipótesis puede ser útil, pero deja de serlo cuando oculta su condición de hipótesis.

—¿Existe una sola versión restaurada para todos los usos?
—No necesariamente. Podemos preparar una versión de consulta que reduzca interferencias y otra de preservación que conserve más rasgos del soporte. La diferencia no es un permiso para hacer cualquier cosa: ambas deben derivar del mismo original y estar vinculadas mediante metadatos. El usuario tiene derecho a saber qué versión escucha y por qué fue producida. La transparencia permite que una decisión práctica no se convierta en una afirmación histórica.

—¿Y qué ocurre con las voces de personas que quizá nunca autorizaron una difusión mundial?
—Digitalizar no elimina la responsabilidad ética. Hay colecciones con valor público que contienen datos sensibles, testimonios íntimos o conocimientos pertenecientes a una comunidad. En esos casos, ampliar el acceso puede requerir plazos, consultas o restricciones. La misión de un archivo no es hacer visible todo de inmediato, sino preservar y ofrecer acceso de una manera que también considere a quienes aparecen en los documentos.

—¿Esas restricciones contradicen la idea de un archivo público?
—No, si están justificadas y se revisan. Lo público no equivale a una descarga irrestricta de cualquier contenido. Un catálogo puede informar que un registro existe, explicar por qué tiene acceso limitado y señalar cuándo se revisará la medida. Ocultar la existencia del documento sería distinto. Otra vez, la trazabilidad importa: también debemos hacer visibles las razones por las que decidimos no mostrar algo todavía.

—Entonces, ¿la tecnología amenaza la autenticidad?
—La amenaza no está en la herramienta, sino en la falta de trazabilidad. Una herramienta avanzada puede ayudarnos a detectar patrones invisibles; una edición manual puede falsificar con la misma eficacia. Lo decisivo es que el usuario sepa qué recibió, qué se modificó y con qué fundamento. Auténtico no significa intocado: muchos documentos solo sobreviven porque fueron intervenidos. Significa que la cadena de cambios no se disfraza de origen.

—¿La apertura digital resuelve el acceso?
—Resuelve una parte. Alguien lejos del archivo puede escuchar una colección, pero necesita conexión, información contextual y permisos de uso. Además, publicar no equivale a explicar. Si se suben miles de audios sin fechas, voces identificadas ni criterios de búsqueda, la disponibilidad aumenta y la posibilidad real de comprender puede seguir siendo baja.

—¿Qué debería llevarse el público de una grabación restaurada?
—No solo una voz más clara. También la conciencia de una distancia: esa voz atravesó un soporte, un daño, una selección y nuestro trabajo. La restauración no elimina esa distancia; la hace audible sin permitir que ocupe toda la escucha. Cuando funciona, acerca el documento y a la vez muestra el camino que lo trajo hasta nosotros.

Texto original elaborado para esta guía.

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